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Caras impagables XI - Pechos que deberían inflarse

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Ser propietario de un Gol Country, motor 1.6 a inyección, es fantástico. El propietario de un Gol Country 2006, con faros antiniebla y alarma antichorros, puede descansar confiado en su sex-appeal, en su don de gente, en su fachada de hombre de familia. Una vez que un hombre se hace dueño de un Gol Country -si es usado, mucho mejor-, la vida no es la misma: las mujeres entienden inmediatamente la valía de ese hombre y caen rendidas en su amplio baúl a través de la puerta trasera, tres luces de stop. El amo y señor de un Gol Country -54000 kilómetros, 39000 pesos, sólo efectivo-, también es amo y señor de la seducción, del arte de enamorar, de los recónditos bajofondos donde se siembra el amor y se recoge. Sea usted ese hombre, sienta en su propia piel las mieles del éxito. Dele a las zorras un motivo para amarlo, aunque sea.
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Las placecitas de Buenos Aires tienen ese no se qué de sombras arboladas legendarias atravesadas de ripios rojizos transitables tras el follaje de lo agreste que combate desde su posición de quietud fuera del tiempo un progreso de rápido transitar de caminos hacia la nada, vislumbrando estático su naturaleza inmortal, como aquellos dioses que nos ven pasar enceguecidos con la ternura de la experiencia.
Y escupen en su posteridad sobre esas plazas de cemento, mausoleos de patética anacronía y mutismo de muerte, pero de la muerte sin epifanía, de la muerte para siempre. Árboles dispuestos en falso consorte, alejados y timoratos, replegando sus raíces y evitando la sombra, aburridos del paisaje y de ellos mismos.

En fin, el trabajo en el Microcentro obliga a recreos de cemento, lejos del verde y la sombra, cerca de la ceguera de los días.
Pocas motivaciones más allá del empuje gástrico de la alimentación necesaria por voluntades que nada tienen que ver con el instinto arrastra a transeúntes hacia los pequeños espacios verdes y/o grisáceos para almorzar, fumar, retozar, dormitar.

Allí moran las palomas: animales insulsos que sobrevuelan bajito pero con gran gambeta, en la búsqueda de los restos y las migas que se arrojan por desidia, misericordia o mala educación a la hora de masticar.

Entonces la imagen: entre los restos de un pan que fue sánguche y ahora no, salta a la vista el trozo más preciado, el llamado coquito de pan; esa terminación deliciosa de masa que poseen los panes bien hechos a leña.
Tres palomas en disputa. Arman un semicírculo alrededor de la presea. Aletean pavorosas, sus miradas son cuchillos que intentan apagar el hambre de sus contrincantes a puro pecheo. Esto debe ser rápido, vendrán otras a reclamar una parte. Será la gloria para una, el derrumbe de la ambición para el resto. A esos rostros les falta el sudor de una situación tensa, puede que lo tengan, poco les resta para alcanzar el odio más sentido.
Un pequeño gorrión atraviesa el cerco de palomas en justa y arrebata el trofeo con su pico, levantando vuelo luego hasta alcanzar la rama del árbol más alto.
Luego del terror (que parecía eterno porque duró solo un instante), las palomas continuaron en otras faenas.

Alguien perdía el tiempo leyendo el suplemento deportivo de un diario.


(Por el Ilustre Desconocido)

Caras impagables X - Dos verdades dos

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Liquido urgente. VW Gol Country 2006. 54000 km. $39500. Sólo efectivo. Impecable estado.

Equipado con muchas cosas de lo más interesantes como chapa patente, aire acondicionado, dirección hidráulica, luces atrás y adelante, alarma, cierre centralizado, varias ruedas, levanta-cristales eléctricos delanteros, estéreo con MP3 y seis puertas (una de las cuales da acceso al mismo motor, meollo del bólido). Sin embargo, carece de: airbag, frenos ABS, llantas pulenta, levanta-cristales eléctricos traseros, espejos eléctricos, techo corredizo, combustión a duende y rayo láser. Si espera hasta la semana que viene, seguramente baje de precio nuevamente.
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Subte Línea C, Retiro – Constitución, quince horas aproximadamente, estación Diagonal Norte.

Es necesario anclar los hechos en pasajes pseudo-reales para el común denominador de la gente que espera pasar por el lugar como personaje ilustre que visita un museo pero con reminiscencias de cine de barrio, hechos que se suceden como flashes y la
vulgar impronta del turista que todos llevan dentro y que los obliga a estar, pero siempre después para que se lo cuente otro, con pasajes de misterio y subterráneo y trenes al borde del colapso.

Ya sacada la foto necesaria, aceptar como detall
es innecesarios la poca gente por el horario, la llegada del tren, el apelotonamiento de gente en las puertas, estación con combinaciones por lo que en embarco y desembarco es fluido y así.

Ahora, personajes.

Antes de mi ingreso triunfal por la última (o primera) puerta del último (o primer) vagón, había ascendido una chica, más bien bajita ella, con un bolso de proporciones inmanejables del cual asomaba un buzo y un paquete de galletitas Pep*t*s.
Entre el resto humano que se agolpaba con actitud equina ingresa también un joven en camisa y jean con una campera rompevientos (bien pulenta) doblada en su antebrazo como poncho de gaucho en duelo.


Factum: entre las voces usuales comienza a sobresalir el timbre vocálico de la chica descripta, quien agarra por los hombros al gaucho de campera en brazo al grito de “mi celular!” seguido por un ruido seco de un objeto que cae, movimientos imprevistos, un brazo que intenta atajar al joven que está ganando ya la puerta, girando antes de su cierre para manifestar con una cara matizada de asombro, indignación y lamento por su mala suerte una verdad irrefutable:
-Ese celular no es mío.
Dicho esto, ganó raudo el pasillo de salida al mismo tiempo en que la formación arrancaba camino a Lavalle.


A modo de cierre.
Pasados los espasmos y la preocupación fingida del resto
de los pasajeros, la chica fue retomando su color original entre preguntas de rigor y felicitaciones por su audacia, haciéndola partícipe de las teorías más diversas a las que el acto pudo dar pie.
Entendiendo que el Universo todo esperaba mi apreciación de los hechos, no pude mantenerme al margen y con la cara que uno pone cuando recibe dos cuatros en una mano de truco le dije:
-Decí que no te arrebató las galletitas.


(Por el Ilustre Desconocido)

Caras impagables IX – El joven y la doña

La zona de la Capital Federal conocida como Microcentro es usualmente un hervidero humano de ires y venires constantes, amontonamientos, libre smoking automovilístico más nocivo que el cigarro pero de libre circulación, poca comunicación, odios momentáneos entre extraños que se llevan por delante, y no te digo un día de lluvia incluyendo los paraguas y la mala predisposición.

Dicen los que saben (por decir más que por saber) que durante el período vacacional (léase entre diciembre y marzo) disminuye considerablemente el fluir de gente haciendo más tolerable el viaje hacia el trabajo diario.

¡Grave error! La zona de por sí siempre es pequeña a comparación de la gente, y durante el verano se incluye en la masa humana un cohorte de niños aburridos con sus madres o padres correteando sin preocupaciones por allí, lo cual enerva mucho más los humores de los que están en la obligación de transitar esas diminutas veredas que ya no quieren ver ni en postales para japoneses.

Fue un día de verano en el que me dirigí como usualmente lo hacía a la parada del colectivo para volver a mi terruño (no era el 28, no confundir al autor por favor), cuando descubro como siempre que había una fila que mamma mía como 15 personas, otra vez viajar dorapa ojalá que venga vacío pero a esta hora en Retiro difícil como hay giles que piensan que en verano hay menos gente, son hormigas, etc.

El tema es que voy llegando a la fila junto con el colectivo, el cual para patentar el hijaputismo característico de su servicio paró unos metros antes de la parada y a tres metros del cordón, por lo que la gente tuvo que avanzar para alcanzarlo...

Allí sucede lo imposible: un joven, aprovechando la posición de ventaja que le generó el mal estacionamiento del colectivo, se mandó sin remordimiento pa'dentro antes que llegaran los pasajeros que tan pacientes habían esperado al bondi.

Uno suele creer que estas cosas no pasan más que de la ofuscación privada de cada uno de los pasajeros sobre el ventajista, pero una vez arriba del bólido (creían que me quedaría sin sinónimos) una señora mayor, con cara de abuelita severa pero tierna en el fondo le espeta al joven truhán:

- Hay que hacer la cola.

A lo que el joven responde, representando la picardía criolla mal entendida:

- ¿Qué cola? ¿La suya?

La doña, con la cara de las viejas ofuscadas que te devuelven la pelota que les colgaste en el jardín pero al rato les reventaste el vidrio y agarrate; cierra triunfalmente diciendo:

- La de todos.

Algún gil opinará que la señora no había entendido la burda ironía del joven. Aquí redoblamos la apuesta: la doña, con la sapiencia de los años avivando giles, puso en jaque al imbécil aumentando el sarcasmo hasta el límite, incluyendo al mundo todo en el chiste, a ver si era capaz de soportarlo porque yo soy todos y esta cara lo representa y qué podés ganar gallito si viajamos en el mismo bondi y si no esperaste abajo esperaste arriba a que el resto suba gil cuánto te falta.

Además, le cedieron el asiento y el muchacho viajó dorapa todo el viaje.

(Por el Ilustre Desconocido, bajo la administración del CORECRIN)

¡La Resistencia existe!


(He de birlar revoluciones y chantapufis, erigiéndome en mi propio editor cegado a la ignominia; he de arrebatar -yo también- secciones ajenas por mandato divino, acaso, cual chuchería cósmica que me sorprende en este limbo, en esta suspensión espacio-temporal-azteca a la que mi condición de proletario me condena. Beban, mamones, de su propia medicina. Bánquensen esta intromisión contrarrevolucionaria que vapulea sus propias y desdichadas secciones. Y vean cómo el porvenir les promete la caída aún antes del 2012.)

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El 28 tiene un recorrido ilimitado e incesante, que abarca todos los rincones del Universo. "¡Desquiciado! ¡Depravado!", gritarán las furiosas bestias. Pero, ¡ah!, no carezco de justificaciones que, no sin inexplicables preámbulos, ensayaré a continuación para las almas vagabundas.

Hallábame rodeado de extranjeros en su propia tierra. No hay caras más desconocidas y hostiles que las de los locales cuando uno es visitante. Y en esa mezcla de asombro con tentativa-de-homicidio que uno (paranoia grando 2) parece percibir en los semblantes ignotos, esperaba un bondi (camión, en mexicano) en un barrio muy similar a Constitución, pero en el corazón del DF, a las 22 hs. Caras impagables amenazaban mi integridad (oigo el crujir de dientes del Ilustre Desconocido, que nunca podrá hacerlas verba), pero si no hablaba quizá no notaran mi nacionalidad. Me rodeaban las pupilas atentas a cualquier descuido, a cualquier debilidad, acechantes. El décimo lugar de la fila no estaba mal en una fila de 20 que aumentaba exponencialmente. Presa del pavor, pero disimulando (como corresponde al argentino turista), me acerqué a un bigote y le pregunté en un susurro si el camión que esperábamos iba a (me llevaba de manera urgente a) la colonia de Santa Fé (el cálido y seguro hotel a resguardo de cualquier mal recuerdo). "Posí", respondió en su lengua, "pero aqueios también van para aiá", y señaló unos buses más pequeños, más ágiles, más vacíos, que se encontraban a escasos y esperanzadores 20 metros. Agradecí, dedicando una sonrisa trágica e internacionalmente fingida (ahora entiendo que sólo esa mueca me hacía merecedor de ser molido a golpes por una turba picante y desbordante de tacos, condescendiente el alma de nuestros hermanos latinos que supo perdonarme). Crucé la calle sorteando baches (esquivando charcos, lectores rockeros) y me acerqué a uno de esos bondis, intentando el contacto visual con el fercho y recordando al que se hace llamar Leo, repitiendo esa escena, repudiando la noción lineal del tiempo. Verifiqué el cartel del parabrisas: "Centro comercial Santa FE". "¿Al centro comercial de Santa Fe?", inquirí en ridícula tentativa de disfrazar el acento innato, eligiendo cuidadosamente cada palabra para minimizar la frase. "¿Mande?", me respondieron desde el volante, inútil trabajo gramatical previo. "¿Va al centro comercial de Santa Fe?", repetí casi en un llanto, casi en un alarido. "Ia es tarde y no voy a iegar al centro comercial", fue la respuesta, previsible y atroz como el llanto que sucede al desengaño. Mientras mi pequeño mundo rioplatense se desmoronaba, mientras recordaba crónicas y caras (esta vez era la mía, ¡ay, destino!), volví a la fila original para situarme en el lugar 56 (doblemente 28, doblemente desazón). El resto pueden escribirlo ustedes: viajar apretado, de pie, golpeando gente con la mochila, pidiendo disculpas, no saber dónde estoy, bajarme 15 cuadras antes del hotel. Igual que en Buenos Aires, bah.

Así queda documentada la evidencia que denuncia el caracter internacional del 28 y de sus choferes evitadores-de-la-última-parada. Y la más impagable de las caras, que es la que no está descripta en este texto.


Tiemblen, cachorros de revolucionarios, ¡la Resistencia existe!


(Por Nicochtzetl)

Caras Impagables VIII - El Duelo


No hay mejor manera de terminar un día que visitar las regiones del Hipno, allí donde moran las realidades olvidadas, para regresar al otro día odioso y soporífico con un cuerpo que no se nos acomoda.

Pero hay que dormir, que tanto. Es recomendable igualmente no abusar de la compañía del sueño, siendo él hermano de Tánatos, no podría llevarnos a buen puerto aunque quizá sí pero mejor no andar experimentando si luego no vamos a poder demostrar la tesis a menos que nos convoque un médium.

En fin...

Durmiendo el sueño de los justos, sobre un barrilete de fino fucsia remontaba una tormenta bizz bizz, con la certeza de ser pasajera azotaba lo que se iba lentamente conviertiendo en una nave-barco con motor potente bizz bizz para atarcarla de frente y descender en un atardecer de naranjas y amarillos débiles de un cielo que aún brama bizz bizz en la lejanía no contento con la derrota, decidiendo sobre campos verdes retornar a la aventura con el envión justo bizz bizz para volar con una espada vengadora cortando nubes bizz bizz, frenando truenos bizz bizz, la puta madre bizz bizz.

Abro los ojos.

Frente a mí, una abeja zumbaba expectante. ¿Reina? ¿Obrera? ¿Zángano?, la oscuridad de la noche impedía mayores detalles más allá de esos ojos compuestos que miraban con odio de antófilo mi escasa producción de polen entre lagañas; arqueando su cuerpo en posición defensiva pero como saberlo:

Yo: Veo que así son las cosas...

Abeja: (...)

Yo: Sabes que mi derrota nos iguala -arqueando una ceja-, ¿te resignas a perder para que ambos perdamos algo? -sonrisa irónica-.

Abeja: (...)

Yo: JA! No-te-toco-toco-el-aire.

Abeja: (...)

Yo: -triunfante- Tus ojos denotan resignación, demasiado sé de tus virtudes para entender que sabes que no corres peligro. ¿Te resignas a morir???

Y se resignó, nomás.

(Por el Ilustre Desconocido, bajo la administración del CORECRIN)

Caras Impagables VII - El Ex-Editor



Suelen los rostros abarcar estas crónicas. Rostros que magnifican una acción; caras que movilizan el recuerdo y hacen inolvidable un hecho que mayormente pasaría desapercibido por la memoria, que se resiste a perder la huella del verdadero sentido del Universo que reside allí, en esos ojos que actúan de manera inusual, en esos labios que pierden su sentido, en esa convulsión temporal que no podemos explicar y que nos supera.

Ustedes sospecharán con razón un intento desmedido de justificar esta efímera publicación.

¡JA! Escuchen esto:

La lluvia arreciaba porque resulta más útil a la crónica una tormenta que una llovizna mezquina y la banda bautizada Chatumá (más información en http://www.purevolume.com/chatuma) debía tocar en algún bodegón de los suburbios, para beneplácito de sus acreedores.

En plena preparación estaban (es conveniente que este redactor se aparte un poco de la acción de la cual tomó partido) en un ir y venir continuo desde la puerta de la casa hasta el fondo cargando equipos e instrumentos.

Entre la casa y el quincho la travesía incluía un patio; sólo había un paraguas para cubrir el trayecto de todos los plomos (o músicos, eran los mismos).

En uno de los viajes que el guitarrista hizo al fondo, dejó el paraguas justo enfrente de la puerta del quincho de manera tal que no permitía el paso. En ese momento no llovía tan fuerte, apenas unas gotas.

Fue en ese momento que nuestro querido y venerado editor responsable del blog decidió ir al fondo a ver si faltaba cargar algo mas.

Al aproximarse a la puerta, todavía obstruída por el paraguas, él pudo:

  1. Frenarse un segundo bajo la escasa lluvia y correr el paraguas.
  2. Pedirle a alguien que corra el paraguas antes de llegar para evitar mojarse.
  3. Sortearlo por el costado empujándolo 2cm como para dejar espacio a que pase cada pierna.
  4. Saltar el paraguas.
  5. Tomar cualquier iniciativa práctica ya que ante la entrada hay un pequeño alero que puede albergar tranquilamente a una persona de las inclemencias del tiempo.

Solución: ninguna de las anteriores.

Con una cara que vislumbraba un enojo irrefutable e inexplicable sumada a una contorsión del cuerpo como quién realiza un impulso breve para correr, quizás hasta exhalando algún que otro bufido no evitó el paraguas: se lo llevó por delante de lleno a patada limpia, como si el paraguas nunca hubiera estado ahí. Es imposible que no lo hubiera visto, porque estaba completamente abierto y en pleno paso.

Jamás pudo explicar porque actuó de esa manera. De sólo insinuar el tema, un odio irreversible se apodera de su persona y comienza a patear cualquier cosa que se le cruce en su camino, incluso tortugas.

Valga esta crónica para espantar fantasmas, o bien para enloquecer del todo a nuestro querido editor y tomar así el control de manera permanente.

Adío.

(Por el CORECRIN)

Caras Impagables VI - Luncheon Ticket

Se podría decir, sin ofender billeteras gordas, que la oficina donde desempeño mi actividad es un dos ambientes, baño compartido. Que sea un piso de cientos de metros cuadrados, etcétera, no viene al caso, el punto es que yendo al detalle es un dos ambientes (amplio, contrafrente, vista de mierda pero buena entrada de luz), baño compartido aunque dividido entre nenes y nenas, por supuesto.
¿A qué iba?
Bien, es un dos ambientes porque tiene un piso enorme y una cocina (que no lo es tanto).

Dicha cocina cuenta con mesas distribuidas de manera caprichosa (siempre se llevan por delante alguna) y sillas abundantes, además de un dispenser, un microondas, una máquina de café, una pileta para lavar tappers (porque bacha es una palabra espantosa) y uno o dos tachos de basura.
Entre las 12 y las 14 PM se genera un tránsito despiadado porque la mayoría de los esclavos que aquí pululamos nos dirigimos a almorzar y la rutina exige que sea ese el horario para comer y no otro, cuando uno tenga hambre ponele.

Estaba en la cocina en ese rango horario: soborné a un loco, me deslicé entre otros dos y pisé a una chica, sólo así logre ubicación casi preferencial, al lado de un tacho de basura.
Compartí mesa con una compañera de trabajo quién, al abrir su tapperwere, dejó al descubierto 4 empanadas recién calentadas en el microondas, cuarteto que se caracterizaba por ser: 2 de carne, 1 de jamón y queso y 1 de pollo.
Entre conversaciones pueriles encaró la primer empanada (de carne), que al morderla expulsó una humareda que quemaba a distancia de sólo imaginar el ardor. Sucesivamente fue perdiendo carne picada que caía a la mesa mordida tras mordida, además de las gotas del jugo que pasaban peligrosamente cerca de su ropa.
El calvario con la segunda empanada (carne otra vez, no mezcla sabores) fue similar.
Al encarar la JyQ sucedió un nuevo infortunio, esta vez a la primer mordida un rastro de queso fundido cual telaraña iba de los labios a la empanada sin intención de cortarse, acción que tomó ribetes desesperados entre lo caliente que estaba y la posibilidad de mancharse y la típica postura hacia delante con una mano presta a sostener el queso que terminará cayendo por su propio peso a menos que se haga acopio de valor y se engulla de una el hilo de queso cual spaguetti lácteo.
Su cara fue una conjunción ambivalente que iba de la sonrisa trunca de sus labios por lo ridículo del momento sumada a un levantamiento de cejas y apertura ocular que expresaba la dimensión que iba tomando el hilo de queso pese a su voluntad. Un bochorno, digamos.

La empanada de pollo me la regaló, la comí como un duque, estaba un tanto picante.

Abur.



(Por el Ilustre Desconocido)

Caras Impagables V - La evolución de los amantes

Hace unas semanas, cosa inusual en mí, viajé en subte. Aparato de transporte incómodo y nocivo que aglutina gente a niveles que ni el mejor jugador de Tetris hubiera imaginado. Dicen que tiene aspectos positivos, como llegar rápido, etcétera, pero la modernidad maquiavélica no va con este cronista así que pito catalán, el subte te ahoga en sufrimientos de vapor humano condensado y calor agobiante para nada excitante, máxime si no se pueden usar las manos.
Mucho calor y mucha gente que en verano reduce al mínimo la vestimenta, por lo cual uno cae en gracia si se pega a una señorita ligera de ropas, pero contámela con un gordo excedido de vellos y sudor.
Y sobretodo(s) en invierno.

En fin...


En una estación de embarco y desembarco llamada Callao (nombre originado por la calle que en un futuro la aplastará) se subió una pareja de enamorados, acción que se fue desarrollando durante la semana de la siguiente manera (curiosamente siempre en mi vagón, chucherías y desengaños):

Lunes:
Ingresan ambos compartiendo los auriculares del Ipod. Hombre mono y mujer stereo o viceversa, cada cual con un auricular compartiendo música, amor avanzado y seguro si se pusieron de acuerdo en eso.
Martes:
Viajé contra la puerta, al llegar a Callao descendí para dejar paso y sin querer golpee el hombro del muchacho: se soltó su auricular, el de ella permaneció en su oreja.
Miércoles:
Entró ella sola con el Ipod (parece que era suyo), él ya estaba en el vagón. No se sacó los auriculares mientras conversaron. En un momento de silencio incómodo él simuló mandar un mensaje con su celular.
Jueves:
Entró ella sola con el Ipod, él no estaba en el vagón
Viernes:
Viajé contra la puerta, al llegar a Callao descendí para dejar paso.
Ella no entró.

Pudo no haber escuchado la chicharra si el volumen del aparatito estaba bastante alto.


(Por el Ilustre Desconocido)

Caras Impagables IV - Haciendo amigos

Hay momentos en la vida de todo cristiano en el cual es necesario realizar diversas acciones para satisfacer la relación con el otro y obtener así la tan mentada amistad que trasciende los años y se fomenta con el día a día y etcétera, porque tampoco es cosa de andar revelando secretos para ser un Roberto Carlos hay que conformarse con lo que uno tiene y si uno tiene un solo amigo que además es el primo y a joderse, no vengan acá a reclamar pautas para relacionarse con la gente haberse visto.
Como para muestra basta un botón, sepan ahora mismo el origen de dos (me gustan los números impares, pero un ejemplo sonaba a poco y tres era mucho a los efectos del editor y mecenas Nicolás José) amistades, momentáneas a falta de un cadete dispuesto:

Amistad laboral:
A dos boxs de distancia del mío mirando hacia el frente trabaja una chica, la cual para resumir su caracterización digamos que es obesa en demasía.
Bien, hasta acá todo normal. El trabajo se desarrollaba normalmente, con ese batifondo común a una oficina hasta que se escucha una voz femenina:
"Aaaahhhh".

Silencio total.

Miradas asombradas, preocupación. Incomodidad.
A la gorda se le venció la pata de la silla y cayó al suelo de espaldas cual bolsa de papas en el Mercado Central.
Tuve que ayudar a que se levante (entre varios muchos).
Seriedad. Nadie atinaba a reírse porque la mina estaba muy consternada.
Mis labios sangran de tanto morderlos.
Decidí bajar a fumar, un poco por necesidad adictiva y otro poco porque el estómago me estallaba de carcajadas reprimidas.


Amistad extra-laboral:
Como sabrán, en la puerta de mi edificio hay un vendedor de chucherías. Es un viejo que anda en muletas porque tiene un problema de desarrollo en las piernas, como también saben.
En ese momento se armó un grupo de charla cortazariano, a saber:
-El viejo vendedor sentado en una silla de ruedas.
-El empleado de seguridad del edificio
-Una vieja que pasaba por allí.
-Yo.
Tema en cuestión: costo de pasajes en tren para la Costa Atlántica esta temporada.
Además de las quejas usuales ("que caro está todo", "en turista no se puede ir porque te afanan", etc.) no lograban ponerse de acuerdo con el precio de los pasajes, cuando a mí se me ocurre espetarle al viejo vendedor:
-Igual, usté’ consigue pasajes más baratos, ¿no?

Silencio total.

Me salvó la vieja que desvió la conversación comentando que pondrán policías en los vagones para evitar arrebatos.

La gente me adora, sus rostros ansiosos pueblan estas crónicas y se hacen eternos.

Salú.


(Por el Ilustre Desconocido)

Caras Impagables III - Redoble Sensorial

Información innecesaria: en la puerta del edificio en el cual se ubican las oficinas que me pagan un sueldo por estar una determinada cantidad de horas produciendo vaya a saber que cosa, tiene su búnker-negocio-modus vivendi un vendedor de chucherías y artículos diversos quién, a falta de un cadete misericordioso que entienda mi necesidad de confraternizar, es amigo. Llega en silla de ruedas y se pasa todas las mañanas allí, a partir de mis viajes cigarreros entablamos una relación que se mantiene con el tiempo. Además del comercio de bagatelas, sabe hacer malabares con tres pelotitas ayudado por la silla, show interesante de ver aunque lo hace por hobbie. A veces está parado con las muletas y camina para ejercitar la poca motricidad de las piernas, y hace poco me enteré que tiene un auto, y en él viene todas las mañanas con su mesita desarmable y su bolso de milagros.
El nombre se los debo.

En fin...


Bajé a fumar como todos los días (lo que se repite todos los días son las dos acciones, imposible andar por los aires o fumar en la oficina, espacio libre de humo y con aires acondicionados que te mienten la sensación térmica) y me entero a través de mi amigo vendedor de chucherías en silla de ruedas (aquí la información innecesaria que se saltearon puede llegar a serles útil), que en la vereda de enfrente funciona una sede de la Secretaría de Desarrollo Social.
Mi pregunta nace del momento a narrar, y les anticipo que me costó horrores escucharlo (a sabiendas de que un horror nunca es suficiente).
El tema en cuestión es que se estaba desarrollando una protesta de gente ciega (no es un adjetivo metafórico, estamos hablando de personas no videntes) que le reclamaba vaya uno a saber que cosa a la Secretaría.
Además de la proliferación de no videntes en la calle (bastantes, no los conté dado que respeté su decisión de no tener idea de lo que tienen alrededor) había dos o tres con redoblantes y un bombo que perforaba el oído, acción completamente masoquista sobre el sentido que se les desarrolló si se me permite la expresión.
El bombo no me dejaba escuchar al vendedor de chucherías, por lo que me dediqué a observar la manifestación.
Uno de ellos tocaba el redoblante aceptablemente, al nivel de una murga porteña, lo cual no es mucho pero bueno.
En los cinco-diez minutos que estuve allí (es conveniente no apurar el cigarrillo a pesar de que la conciencia nos grite el retorno a la faena cuanto antes) se sucedieron situaciones diversas, me detengo en este diálogo:

Ciego1 (con bombo, en el centro de la calle): Che, XXX, vení a tocar un rato vos.
Ciego2 (en la vereda): No puedo, tengo que estar en la vereda para que no pasen las motos.
Contexto: una fila de motoqueros empujando sus motos apagadas por detrás de Ciego2.

Alguien racional reclamará la presencia de personas con las facultades visuales completas en la protesta, lo cual es cierto, pero no reviste mayor interés para la crónica dado que su accionar era puramente de compañía.
No pude permanecer mucho más sospecho que de haberlo hecho la anécdota hubiese perdido el sabor.

Las caras se las debo, todos portaban el reglamentario casco.


(Por el Ilustre Desconocido)

Caras impagables II - El valor de la palabra

Martes, 16:30 hs.
Vengo caminando por Av. Corrientes con tono cansino, inútil intención de bajar las dos empanadas de JyQ que había deglutido con harto placer momentos antes al igual que el cigarro justificador y todo lo imaginable para hacer de esto una introducción tan florida como innecesaria.

El desarrollo aclaratorio:
Llego a la esquina y aguardo paciente el cambio de semáforo: a mi derecha se colocan a la misma altura un chico de 10 años con su padre. El chico (gordito él, desalineado como corresponde a un niño) vestía guardapolvo blanco, dado que, aunque parezca raro por ser el Microcentro, en la zona hay escuelas públicas.

Clímax:
Parece ser que el padre habría interrumpido su jornada laboral para ir a buscar al niño a su colegio, citado por las autoridades pertinentes porque parecería ser que el pibe en cuestión era propiamente la escomúnica.
40'' de semáforo: en este lapso pude escuchar un maratónico discurso sobre los problemas que el niño le generaba al Universo con su actitud y las consecuencias que acarrearían sus actos, como ir a vivir a los caños porque el padre seguramente sería despedido por dejar su trabajo y preocuparse por este chico que no se compone, calzado de Geisha.

Desenlace:
Sobre el final del discurso el padre pregunta: ¿Entendiste lo que te dije?". A lo que el niño, inflando sus gordos mofletes y poniendo su mejor cara, mezcla del ratón Juan Carlos y Shidartta Kiwi, replica "No, porque sos un pelotudo".
El semáforo ya estaba en verde pero esperé prudente el golpe en la nuca correspondiente; grave fue mi sorpresa con la reacción del padre: comenzó nuevamente una retahíla de palabras abrumadoras sobre la educación y el portarse bien y el reto y yo crucé porque más no podía esperar.

Conclusión:
Aunque parezca raro, hay colegios primarios en el Microcentro.

Post Scriptum:
Decidí que voy a hacerme amigo de un cadete para no sentirme mal con los comentarios que hice sobre ellos en la víspera; así ante algún cuestionamiento por mi actitud podré decir "tengo un amigo cadete".


(Por el Ilustre Desconocido)

Caras impagables I - El trabajo dignifica

El Universo nos relaciona. Estamos condenados a su influjo y nos contentamos con vanos intentos de libre albedrío, sólo para justificar nuestra condición única previa a la mortandad niveladora.
Ahora bien, encajamos en las convenciones para relacionarnos con la gente, y a partir de allí armamos una puesta ya pensada desde el origen, como actores guionados de gira por el mundo.
Así y todo, frente a situaciones de resolución simple, diversos factores suelen complicarlas. Uno de ellos es nuestra verba inflamada, que no siempre hace la sinapsis correspondiente antes de salir al mundo.

Muchos factores negativos se podrían enumerar por trabajar en el Centro, el que nos importa ahora radica en la prohibición en las oficinas de fumar a troche y moche. Esto implica la necesidad de bajar cada vez que se precisa alquitrán, tarea ardua teniendo en cuenta el posterior ascenso.
Dicho sector capitalino nos pone en contacto con los trabajadores de mensajería y cobros, más conocidos como cadetes.
Sucedió en uno de estos momentos de tabacalero relajo, un día de nefasta y bondadosa lluvía que arreciaba entre los edificios, donde no hay resguardo y los paraguas ajenos lastiman y las canaletas insultan y no hay derecho a trabajar un día así.

Venía bajando en el ascensor con un cadete.
Se me ocurrió comentar: "que día de mierda para laburar hoy, eh" con una sonrisa por lo menos torpe.
Se dió vuelta y allí me percaté que tenía una bolsa de residuo negra en la cabeza, así como otra cubriéndole el bolso.
Su cara fue un compendio de ironía, resignación y odio; no creo encontrar las palabras precisas para describirla.

Se bajó en el tercer piso.


(No contento con esto, al volver al edificio el muchacho de seguridad que está en la entrada comenta: "que llovizna, parece aguanieve!". A lo que yo respondo: "Si, lindo día para ser cadete".
Y a que no saben quién ingresó en ese momento al edificio: Un CADETE!
No me quedé a ver su cara, gané rápidamente el ascensor y subí solo.)


De aquí se desprende la necesaria búsqueda de perpetrar una inclaudicable amistad con algún Cadete, nomás para justificar estos exabruptos con la redentora frase: “tengo un amigo Cadete”

¡Abur!

El Ilustre Desconocido (que no es otro que el Abuelo).

Nueva sección: Caras impagables

A cargo del inefable Abuelo y a pedido de las muchedumbres, inauguramos esta sección que hará las delicias de damas y atorrantes. En principio, será semanal y le corresponderán los lunes, vísperas de tragedias marcianas.

Aprovecho para aclarar que el hecho de que el blog se haga más participativo, no lo hace en absoluto más democrático. En este foro corre la libre censura.

Esperamos que la disfruten y sepan condenarla a su debido momento.