Es irónico como uno puede sentir la presencia del sol al notar una disminución de la oscuridad y no un aumento de la luz. Es irreal como uno puede sentir por ausencia, siempre en realidad.
Es estúpido como uno puede sentir la...
Creemos pisar un suelo inexistente y, con la autosuficiencia de sentirnos seguros sobre la tierra que soñamos besar, nos internamos en una carrera en la cual no somos conscientes de que tenga un fin, del cual somos conscientes.
¿Cuántas veces los fantasmas de la ingenuidad atravesaron paredes para chocar con ellos mismos?
A veces el recuerdo llega para golpearnos, mirarnos de reojo y sonreírnos tan cruel, para luego perderse otra vez, en una antítesis circular en la que el olvido es un recurso inútil, transitorio.
Sonidos que llegan indulgentes antes de comenzar a hundir (aunque sea por un momento) las horas en las cuales la estupidez gobierna la buenaventura y el visto bueno sobre un pedestal de flores marchitas, sostenidos por unos ojos muertos que ya no pueden sentir.
Todo tiende a la mecanización. He visto los actos eternos de la atención en el aburrimiento más hostil.
Silencio. Sólo es cuestión de esperar a que cierren la puerta. Siempre lo hacen.
¿Habrán querido los ángeles portar sus flechas? ¿Habrán querido los números ser letras y el grito de auxilio un susurro lejano e innecesario?
El sueño seguirá siendo hermoso mientras sea solo eso...y terminaremos soñando quizá un sueño mejor, perfecto, ajeno a nuestras limitaciones.
…en el que todo se vuelca sin intermediar letras, palabras que formen una relación asociativa, vacía de contenidos... ¿hay algo más bello que pensar sin tener que explicar?
Un collage de colores que funciona como un secreto, el cofre que encierra todo lo que uno pudo ser...
Cuando en realidad, somos lo que más odiamos.
(Por el Ilustre Desconocido)
La insistencia como arma predilecta de persuasión; la pereza como antídoto infalible contra la rutina.
Caras Impagables IV - Haciendo amigos
Hay momentos en la vida de todo cristiano en el cual es necesario realizar diversas acciones para satisfacer la relación con el otro y obtener así la tan mentada amistad que trasciende los años y se fomenta con el día a día y etcétera, porque tampoco es cosa de andar revelando secretos para ser un Roberto Carlos hay que conformarse con lo que uno tiene y si uno tiene un solo amigo que además es el primo y a joderse, no vengan acá a reclamar pautas para relacionarse con la gente haberse visto.
Como para muestra basta un botón, sepan ahora mismo el origen de dos (me gustan los números impares, pero un ejemplo sonaba a poco y tres era mucho a los efectos del editor y mecenas Nicolás José) amistades, momentáneas a falta de un cadete dispuesto:
Amistad laboral:
A dos boxs de distancia del mío mirando hacia el frente trabaja una chica, la cual para resumir su caracterización digamos que es obesa en demasía.
Bien, hasta acá todo normal. El trabajo se desarrollaba normalmente, con ese batifondo común a una oficina hasta que se escucha una voz femenina:
"Aaaahhhh".
Silencio total.
Miradas asombradas, preocupación. Incomodidad.
A la gorda se le venció la pata de la silla y cayó al suelo de espaldas cual bolsa de papas en el Mercado Central.
Tuve que ayudar a que se levante (entre varios muchos).
Seriedad. Nadie atinaba a reírse porque la mina estaba muy consternada.
Mis labios sangran de tanto morderlos.
Decidí bajar a fumar, un poco por necesidad adictiva y otro poco porque el estómago me estallaba de carcajadas reprimidas.
Amistad extra-laboral:
Como sabrán, en la puerta de mi edificio hay un vendedor de chucherías. Es un viejo que anda en muletas porque tiene un problema de desarrollo en las piernas, como también saben.
En ese momento se armó un grupo de charla cortazariano, a saber:
-El viejo vendedor sentado en una silla de ruedas.
-El empleado de seguridad del edificio
-Una vieja que pasaba por allí.
-Yo.
Tema en cuestión: costo de pasajes en tren para la Costa Atlántica esta temporada.
Además de las quejas usuales ("que caro está todo", "en turista no se puede ir porque te afanan", etc.) no lograban ponerse de acuerdo con el precio de los pasajes, cuando a mí se me ocurre espetarle al viejo vendedor:
-Igual, usté’ consigue pasajes más baratos, ¿no?
Silencio total.
Me salvó la vieja que desvió la conversación comentando que pondrán policías en los vagones para evitar arrebatos.
La gente me adora, sus rostros ansiosos pueblan estas crónicas y se hacen eternos.
Salú.
(Por el Ilustre Desconocido)
Como para muestra basta un botón, sepan ahora mismo el origen de dos (me gustan los números impares, pero un ejemplo sonaba a poco y tres era mucho a los efectos del editor y mecenas Nicolás José) amistades, momentáneas a falta de un cadete dispuesto:
Amistad laboral:
A dos boxs de distancia del mío mirando hacia el frente trabaja una chica, la cual para resumir su caracterización digamos que es obesa en demasía.
Bien, hasta acá todo normal. El trabajo se desarrollaba normalmente, con ese batifondo común a una oficina hasta que se escucha una voz femenina:
"Aaaahhhh".
Silencio total.
Miradas asombradas, preocupación. Incomodidad.
A la gorda se le venció la pata de la silla y cayó al suelo de espaldas cual bolsa de papas en el Mercado Central.
Tuve que ayudar a que se levante (entre varios muchos).
Seriedad. Nadie atinaba a reírse porque la mina estaba muy consternada.
Mis labios sangran de tanto morderlos.
Decidí bajar a fumar, un poco por necesidad adictiva y otro poco porque el estómago me estallaba de carcajadas reprimidas.
Amistad extra-laboral:
Como sabrán, en la puerta de mi edificio hay un vendedor de chucherías. Es un viejo que anda en muletas porque tiene un problema de desarrollo en las piernas, como también saben.
En ese momento se armó un grupo de charla cortazariano, a saber:
-El viejo vendedor sentado en una silla de ruedas.
-El empleado de seguridad del edificio
-Una vieja que pasaba por allí.
-Yo.
Tema en cuestión: costo de pasajes en tren para la Costa Atlántica esta temporada.
Además de las quejas usuales ("que caro está todo", "en turista no se puede ir porque te afanan", etc.) no lograban ponerse de acuerdo con el precio de los pasajes, cuando a mí se me ocurre espetarle al viejo vendedor:
-Igual, usté’ consigue pasajes más baratos, ¿no?
Silencio total.
Me salvó la vieja que desvió la conversación comentando que pondrán policías en los vagones para evitar arrebatos.
La gente me adora, sus rostros ansiosos pueblan estas crónicas y se hacen eternos.
Salú.
(Por el Ilustre Desconocido)
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Caras impagables
El timbre del Universo
Sobre una de las paredes de la habitación que compartía con mi hermano había una pequeña tapa de luz cuadrada -cuadrada la tapa- que cubría un típico bastidor eléctrico. La tapa plástica tenia rota una de las puntas, dejando un espacio triangular de acceso al bastidor.
Los dos debíamos tener menos de 10 años cuando descubrimos que dentro del bastidor había un pulsador. Con mínimo esfuerzo sacamos el pulsador por el agujero y notamos que el mismo tenía adherido un tramo de cable (bipolar, de menos de 1 mm de sección, para los que seguro se están preguntando) que se escabullía por un caño.
Este pulsador debía ser pulsado, o la vida no podría continuar.
Sabíamos que estábamos incurriendo en un delito según el criterio paterno, porque "nada de lo salga de la pared o tenga electricidad habrás de tocar", pero siempre la curiosidad le gana al miedo. No recuerdo quien de los dos tenía más miedo y quien tenía más curiosidad.
La acción fue correspondida con el sonido de un timbre, o más bien una chicharra con sonido grave, casi como un lamento, que sonó en algún lugar lejano, o quizás en todo el universo simultáneamente.
No fue fácil sobreponerse de que este timbre no estuviera acompañado de una puerta, pero quizás por eso nadie atendió el llamado. Ni siquiera trajo consigo un afectuoso sopapo correctivo.
Sin decir nada, guardamos primero el cable y después el pulsador en el espacio que lo había cobijado tanto tiempo sin ver la luz.
Algún almuerzo de domingo, aprovechando los ánimos alegres, entre tonterías comentamos que había un timbre en nuestra habitación.
Nadie sabía de este misterioso timbre, pero suponían que alguna tía-abuela, o tátara-tía-abuela, o que se yo, lo usaría para invocar algún tipo de atención. Se sabía poco del asunto, y ninguna respuesta era solida ni mostraba seguridad. Ni siquiera se sabía dónde estaba la diabólica chicharra.
Mas pareció no importar, aunque naturalmente hicieron hincapié en el riesgo de choque eléctrico, y ordenaron abandonar la practica investigativa.
¡JA! Sin sopapo no habríamos de obedecer.
No eran pocos los momentos en que quedábamos solos en la casa. En cada oportunidad que tuvimos le dimos de nuevo. Y le dimos y le dimos, llamando quizás alguna pista que echara razón en este misterio cósmico. Y sonaba, y sonaba, y sonaba. Y por sonar ladraron perros y volaron pájaros.
Lo más llamativo era las veces que no sonaba. En cambio, se abría una puerta, o se accionaba la cadena del baño. Pero era poco frecuente, había que estar largo rato. Otras veces no pasaba absolutamente nada (al menos eso creíamos), o se arrancaba un auto, o soplaba una brisa, o se moría un chino.
De a poco acotamos la búsqueda al fondo de la casa, y estábamos a punto de encontrar la chicharra.
Pero tarde o temprano, los padres, que viven en otro plano existencial donde la magia no habita, te niegan ese mundo paralelo.
Una noche en que debíamos estar bañados, vestidos y peinados para visitar a los tíos, demoramos la obligación en beneficio de la búsqueda. Asumiendo las consecuencias, habíamos decidido que uno pulsaría brevemente y por única vez el timbre mientras que el otro se quedaría en el fondo de la casa atento al origen del sonido.
Estaba todo dispuesto, pero no había tiempo. Ya las órdenes de entrar al baño se repetían a gritos cada vez con más frecuencia. Esperaba ansioso parado en el área acotada, pero justo unos instantes antes de que mi hermano accionara el pulsador fui capturado por la realidad, personificada en mi madre, y llevado al calabozo, o la ducha.
Al día siguiente cuando volvimos de la escuela la tapa había sido removida y el bastidor cubierto con enduído.
Hoy en día pasaron más de 20 años y el bastidor permanece cubierto. Entonces, ¿de qué se mueren los chinos?

(Por el que dice llamarse Leo)
Los dos debíamos tener menos de 10 años cuando descubrimos que dentro del bastidor había un pulsador. Con mínimo esfuerzo sacamos el pulsador por el agujero y notamos que el mismo tenía adherido un tramo de cable (bipolar, de menos de 1 mm de sección, para los que seguro se están preguntando) que se escabullía por un caño.
Este pulsador debía ser pulsado, o la vida no podría continuar.
Sabíamos que estábamos incurriendo en un delito según el criterio paterno, porque "nada de lo salga de la pared o tenga electricidad habrás de tocar", pero siempre la curiosidad le gana al miedo. No recuerdo quien de los dos tenía más miedo y quien tenía más curiosidad.
La acción fue correspondida con el sonido de un timbre, o más bien una chicharra con sonido grave, casi como un lamento, que sonó en algún lugar lejano, o quizás en todo el universo simultáneamente.
No fue fácil sobreponerse de que este timbre no estuviera acompañado de una puerta, pero quizás por eso nadie atendió el llamado. Ni siquiera trajo consigo un afectuoso sopapo correctivo.
Sin decir nada, guardamos primero el cable y después el pulsador en el espacio que lo había cobijado tanto tiempo sin ver la luz.
Algún almuerzo de domingo, aprovechando los ánimos alegres, entre tonterías comentamos que había un timbre en nuestra habitación.
Nadie sabía de este misterioso timbre, pero suponían que alguna tía-abuela, o tátara-tía-abuela, o que se yo, lo usaría para invocar algún tipo de atención. Se sabía poco del asunto, y ninguna respuesta era solida ni mostraba seguridad. Ni siquiera se sabía dónde estaba la diabólica chicharra.
Mas pareció no importar, aunque naturalmente hicieron hincapié en el riesgo de choque eléctrico, y ordenaron abandonar la practica investigativa.
¡JA! Sin sopapo no habríamos de obedecer.
No eran pocos los momentos en que quedábamos solos en la casa. En cada oportunidad que tuvimos le dimos de nuevo. Y le dimos y le dimos, llamando quizás alguna pista que echara razón en este misterio cósmico. Y sonaba, y sonaba, y sonaba. Y por sonar ladraron perros y volaron pájaros.
Lo más llamativo era las veces que no sonaba. En cambio, se abría una puerta, o se accionaba la cadena del baño. Pero era poco frecuente, había que estar largo rato. Otras veces no pasaba absolutamente nada (al menos eso creíamos), o se arrancaba un auto, o soplaba una brisa, o se moría un chino.
De a poco acotamos la búsqueda al fondo de la casa, y estábamos a punto de encontrar la chicharra.
Pero tarde o temprano, los padres, que viven en otro plano existencial donde la magia no habita, te niegan ese mundo paralelo.
Una noche en que debíamos estar bañados, vestidos y peinados para visitar a los tíos, demoramos la obligación en beneficio de la búsqueda. Asumiendo las consecuencias, habíamos decidido que uno pulsaría brevemente y por única vez el timbre mientras que el otro se quedaría en el fondo de la casa atento al origen del sonido.
Estaba todo dispuesto, pero no había tiempo. Ya las órdenes de entrar al baño se repetían a gritos cada vez con más frecuencia. Esperaba ansioso parado en el área acotada, pero justo unos instantes antes de que mi hermano accionara el pulsador fui capturado por la realidad, personificada en mi madre, y llevado al calabozo, o la ducha.
Al día siguiente cuando volvimos de la escuela la tapa había sido removida y el bastidor cubierto con enduído.
Hoy en día pasaron más de 20 años y el bastidor permanece cubierto. Entonces, ¿de qué se mueren los chinos?
(Por el que dice llamarse Leo)
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