La insistencia como arma predilecta de persuasión; la pereza como antídoto infalible contra la rutina.
La fauna en Núñez
Un perro pequeño y negro que levanta su pata en el escalón de fumar todas las mañanas, creyendo que marca su territorio, sin saber que lo comparte conmigo. ¿Cuántos más creen que es suyo?
Una mariposa que intenta despegar desde el pleno cemento de Pedraza; no lográndolo, se empeña en una danza irregular que a veces alcanza unos centímetros pero vuelve a caer al frío del pavimento. Autos, camiones, transeúntes, todos pasan a otra velocidad a centímetros de su vida que se extingue. De repente, deja de moverse. De repente, el viento hamaca sus alas inertes.
Unas palomas pastando en el gran tacho de basura barrial, dispersándose cuando alguien se acerca a revisarlo también, en busca de lo mismo. Las palomas no temen a los bólidos ni a los hombres, más bien los desafían.
Etiquetas:
Otros Condenados
Pequeñas peripecias de Laureano en el mundo – Capítulo 3
Resumen de lo publicado:
Amanece en las afueras de un barrio de casas bajas y jardines al frente. Laureano nace al día nuevo con una excitación infrecuente, la tarde anterior había recibido el cuadro para el que posó tanto tiempo, tanto esfuerzo y el cuadro que venía a colmar las expectativas de un salón grande y vacío que ahora iba a tener ese detalle señorial como una merienda o un desayuno en loza etrusca.
Feliz estaba Laureano y se percata de un detalle que tendrían que haber visto ese detalle muy lindo el cuadro casi espejo natural aunque en pose y el arco iris vulgar no importa tanto pero ese detalle, ese detalle.
Laureano que sale a la carrera; Laureano que se pierde y pregunta y le responden y transita así calles y lomas y burros; Laureano que llega a la parada de colectivos y desespera de ver pasar tantos haciendo caso omiso a su presencia y a ese brazo que se estira con fuerza; la vecina que aconseja taxi y allí va Laureano por calles de ripio y descampados paisajes arrimándose a la ciudad.
Cuando la altura de los edificios era ya insondable para él “acá nomás está bien” dice y saca de su bolsito las monedas necesarias para costear el periplo.
Llega de noche, intuye no haber traído en su riñonera de cuero ajado la dirección del artista. Porque iba a buscar al artista cuyo detalle en su cuadro consternaba tanto porque si vieran ese detalle, cómo no salir apurado al mundo desconocido sin la dirección del pintor total es cuestión de preguntar para encontrarlo porque ese detalle no se puede dejar así, que tanto.
-Linda ciudad-dijo en voz alta, aunque susurrando.
(Por Ariel Verdún)
Fábulas Infinitivas II - Tus Hojas
Ejercicios que buscan alegrar el paso de marchas y contramarchas. Una plaza.
La vereda violada desde abajo por raíces emergentes. Baldosones rasgados
de otros tiempos, otras huellas. El otoño sepia de fotografías antiguas en la
ropa, el cielo, la seriedad. Y las hojas.
Hojas que presumen morir cayendo en lento vaivén buscan el calor, la
compañía de otras hojas como un ritual de entrega colectiva, de póstuma
comunidad.
Enrique intuye los atisbos de la emoción incluso antes de cruzar la calle que lo
deposita en la vereda de su plaza, el parque conocido. Las veredas regadas de
hojas vestidas en toda la tonalidad del marrón, esparcidas para ocultar el gris
cemento de las baldosas.
El ritmo de sus pasos cranch crash pisar con la punta del zapato frash y apoyar
el talón con fuerza grish ubicar con la mirada un montículo sabroso de hojas
sprash crash trash roshrash volver detenerse un instante e impulsarse con
envión frasssshhhh tocar incluso el pasto donde el colchón se suaviza y el
ruido se acopla en blush plam clamss y con un saltito retomar la senda del
trash y el crahs cranch grinch czisss.
Y entonces el lamento.
Una nítida expresión de dolor, un lamento perceptible entre la disfonía sonora
de hojas muertas que gritaba la pena del lastimado que no puede remediar el
sufrimiento de un peso que lo aplasta sin sentido, sin preguntar.
Una angustia ese lamento.
Y Enrique que primero es la quietud en el pavor, la vergüenza alrededor porque
alguien tiene que haber escuchado ese dolor, ese reproche que nació del dolor,
quizá del quiebre de una hoja que grito sus ayes para que sea escuchada.
Luego de la quietud inicial, agacharse y buscar. Buscar en un cementerio de
hojas la hoja que sufre como ninguna, la hoja que no se agota en el silencio del
crash y el grinch ajenos.
En cuclillas tocando hojas, separando con cuidado cada una. Alguno que
pasa y mira a Enrique que seguro perdió plata, a Enrique que pobre se le cayó
algo, a Enrique que llora porque no encuentra lo que busca y sufre perder ese
sufrimiento perdido entre tanto silencio, a Enrique que es lágrima pura y alguien
que se ofrece a remediar la pérdida con una moneda, una golosina y no hay
caso, porque no saben porque llora Enrique y que pena no saber pero no es la
pena de Enrique que sabe, Enrique que sabe pero no encuentra.
(Por Ariel Verdún)
Etiquetas:
Fábulas infinitivas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
